Los mil días del Gobierno Popular fueron duros, intensos, sufridos y dichosos. Dormíamos poco y trabajábamos mucho. Vivíamos en todas partes y en ninguna, vivíamos mas que ahora. Tuvimos problemas serios y realmente buscamos soluciones. Esos mil días no pueden ser acompañados de cualquier adjetivo, pero si hay una gran verdad es que, para todos aquellos y aquellas que tuvimos el honor de ser militantes socialistas del proceso revolucionario chileno, fueron días felices, y esa felicidad es y será siempre nuestra, permanece y permanecerá inalterable.
Queridas compañeras, queridos compañeros socialistas y revolucionarios. ¿Quién de nosotros puede olvidar la sonrisa de los hermanos Weibel, de Carlos Lorca, de Miguel Enríquez, de Bautista von Schowen, de Isidoro Carrillo, de Daniel Medel, de La Payita, de Pepe Carrasco, de Lumi Videla, de Dago Pérez, de Sergio Leiva, de Arnoldo Camú, de todas y todos los que hoy, treinta años más tarde no están con nosotros pero viven en nosotros?
Cada una y cada uno tiene en su memoria un particular álbum de recuerdos felices de aquellos días en que lo dimos todo, y nos parecía que dábamos muy poco, porque teníamos grabados sobre la piel los versos del poeta cubano Fayad Jamis: por esta revolución habrá que darlo todo, habrá que darlo todo, y nunca será suficiente. Dar cada segundo de vida a la revolución a los cambios, jugárselas cada segundo, vivir intensamente con amor, con mucho amor hacer la revolución.
Hubo quienes desde el cómodo y cobarde escepticismo disfrutaron de un tiempo muerto (debajo de sus camas, algunos dicen era lógico, había terrorismo) al que llamaron juventud.
Nosotros sí que tuvimos juventud, y fue vital, rebelde, inconformista, incandescente, porque ella se forjó en los trabajos voluntarios, en la solidaridad, en el trabajo político, en las frías noches de acción y propaganda. No hubo besos de amor más fogosos que aquellos que se dieron en el fragor de las brigadas muralistas, bastiones de compromiso.
El que besó a una muchacha de la brigada Ramona Parra, del F.T.R o Elmo Catalán, besó el cielo y no hubo sable capaz de quitar ese sabor de los labios.
Otros, desde la atroz cobardía de los que criticaron sin aportar nada, sin quemarse, sin jugarse, sin conocer el magnífico sentimiento de hacer lo justo y en el momento justo, en sus mansiones sin gloria, comiendo con la platería que heredaron de los encomenderos y bebiendo puro sudor de obreros, advertían que estábamos cometiendo excesos. Claro que cometimos errores. Éramos autodidactas en la gran tarea de transformar la sociedad chilena.
Metimos la pata muchas veces, pero jamás metimos la mano en los bienes del pueblo.
¡Jamás nuestras manos se mancharon con sangre o nuestra mente justificó un asesinato, una tortura o un secuestro!...
Otros conspiraban, nosotros alfabetizábamos. Otros se aferraban con furia homicida a sus bienes mal habidos porque la propiedad de la tierra siempre viene del robo, nosotros permitimos que los parias de la tierra mirasen por primera vez a los ojos del patrón y le dijeran: "grandísimo hijo de puta, me has explotado, y a mis padres y a mis abuelos, pero a mis hijos y a los hijos de mis hijos no los vas a explotar". Y esas palabras son parte de nuestro legado feliz, de nuestra memoria feliz.
Fumábamos marihuana de Los Andes mezclada con el tabaco dulzón de los Baracoas. Escuchábamos al Quilapayún y a Janis Joplin, cantábamos con Víctor Jara, los Inti Illimani y The Mamas and the Papas. Bailábamos con Héctor Pavez, Margot Loyola y los cuatro muchachos de Liverpool hicieron suspirar nuestros corazones. Usamos pantalones pata de elefante y nuestras chicas minifaldas que excitaron a dios y al diablo. Y tuvimos modales propios porque una sola palabra bastaba para saber qué éramos y qué soñábamos: Hola Compañera, hola Compañero. Y con eso ya estaba dicho todo.
Ángel Parra, Rolando Alarcón, Pato Manns, Los Quila, Isabel Parra y los mil cantores populares nos entregaron una nueva dimensión del amor, ese formidable verbo que empezamos a conjugar a nuestra manera.
Nos trazamos metas imposibles, Sub-Realistas, y las cumplimos. Una sola vez en nuestra historia todos los niños de Chile mamaron medio litro de leche, de leche blanca y justa, de leche necesaria y proletaria, porque la financiaron justamente aquellos que producían la riqueza.
Un día se hizo la gran conferencia de la UNCTAD, y los arquitectos, y los ingenieros, y los capataces opinaron que no era posible alzar el gran edificio que nos mostraría como un pueblo en marcha, pero nuestros albañiles, electricistas, estucadores y maestros de casco o cucurucho salpicado de yeso dijeron que sí era posible y lo hicieron. Más tarde fue el edificio de la juventud chilena. ¿Quién no comió alguna vez en la UNCTAD?, llamado también edificio Gabriela Mistral y que más tarde fue usurpado por los criminales. Todavía está ahí, y así permanecerá como un gigante testigo de esos mil días en que todo fue posible.
A Gran Pablo, lo galardonean mundialmente y llega al Nobel.
Los que no tenían imaginación ni lugar en ese reino de lo posible, de la dicha posible, conspiraban contra el sol, contra el mar, contra el verano desde sus mansiones de Reñaca o Papudo. Pero en los Balnearios Populares las familias de obreros tenían su primera vez al sol, junto al mar que de verdad nos bañó tranquilo. Jugaron partidas de brisca al ocaso, pasearon de la mano, se amaron, hicieron planes posibles, mientras los niños eran atendidos por los voluntarios de la Federación de Estudiantes de Chile, y gozaban con los títeres, el teatro, las clases de música y pintura que impartían los artistas militantes de un pueblo en marcha.
Hoy, treinta años más tarde, algunos de los que no tuvieron el valor de jugarse, de darlo todo, se ufanan de una extraña capacidad premonitoria que les permitió vaticinar el desastre y les aconsejó mantenerse al margen. Miserables, pobres miserables que se perdieron la oportunidad más bella de hacer la historia, pero de hacerla justa. Esos mismos son ahora paladines de la reconciliación y nos enrostran los "excesos". Pero esos iluminados jamás nos mencionan uno con toda la fuerza de lo particular. ¿Qué provocamos al imperialismo yanqui cuando nacionalizamos el cobre?
Con orgullo lo digo: cuando estaba en la parrilla, sabía que nuestra lucha era principalmente de ideas, una verdadera lucha de clase, una lucha contra una derecha incapaz de ganar elecciones por voto popular. Hoy confirmo, a treinta años: una socialista Ministra, hija de un general que murió siendo torturado (por las Fuerzas Armadas Chilenas, murió en manos de los torturadores funcionarios públicos del Estado de Chile, que de esta forma despilfarraron el dinero de todos nosotros), dirige las Fuerzas Armadas. ¡Quién iba a pensar siquiera que a treinta años íbamos a tener un Presidente socialista y un Ministro del Interior socialista!
Héctor Lautaro Correa
Htupacu@Hotmail.com

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